Me acerqué remoloneando un poco y me puse a observar la gran cantidad de libros, justo al lado de ella. Estaba tan ensimismada, maravillada por aquella estantería que ni se inmutó.
- Veo que le gusta leer… - dije finalmente intentando que notara mi presencia.
(Vanessa) – Por supuesto – dijo sin ni siquiera dirigirme una mirada. Finalmente se dio cuenta de que hablaba con un desconocido y desconectó de sus pensamientos – quería decir, leer es maravilloso.
- Si, claro – dije, ni mentía ni dejaba de mentar, nunca me había parado a leer más allá de lo que tenía que hacer para la universidad. – por cierto, soy Dean – de cabeza al pozo.
(Vanessa) – Vanessa – dijo con una increible sonrisa en su rostro, como si le gustase pronunciar su nombre.
- Encantado – respondí e hice una leve reverencia de cortesía.
(Vanessa) – Ojala pudiera tener una biblioteca como esta – dijo algo apenada. Esto me iba aclarando algunas ideas, quizá no era de tan alta clase como pensaba, si no, ¿por qué no iba a tenerla?
- Seguro que una señorita como usted puede tener todo lo que desee – dije intentando así corroborar mis pensamientos.
(Vanessa) – Cla… claro – titubeó – es solo que aun tengo muchos libros que leer para poder tenerla – contestó más firmemente. Teoría tirada por los suelos. Seguro que era de clase alta, ¡si no, no llevaría ese vestido! Volvimos a prestar la atención a la estantería, que en realidad eran como cuatro o cinco juntas con unos seis estantes cada una, había cientos de libros allí.
- Seguro que Nicole no se los ha leido todos – dije, aunque más bien debería haber sido solo un pensamiento.
(Vanessa) - ¿Nicole? ¿La conoces? – preguntó asombrada, asentí.
- Es amiga mía – se mordió el labio. - ¿tú no? – pregunté extrañado.
(Vanessa) – En persona aún no – cambió de tema - ¿Vive en alguna mansión cerca de aquí? - ¿mansión, yo? Me entraron ganas de reírme a carcajadas, ahora pensaba que era de clase alta. Si ahora me delataba igual no querría hablar más conmigo.
- No tan cerca – mentí. Busqué rápido otro tema del que hablar - ¿quieres algo de beber? – sin darme cuenta había comenzado a tutearla, esperaba que no se diera cuenta o que al menos no le importara. Asintió con una preciosa sonrisa. Le hice un gesto para indicarle que volvería en un momento y busqué la mesa de bebidas más cercana.
Fui a alcanzar una botella pero fueron más rápido que yo.
(Max) – Velocidad, Dalton, velocidad es la clave – dijo con una risa torcida. Abrió la botella y comenzó a echarse una copa sin justamente eso, velocidad.
- Aplícate el cuento – contesté borde a la espera de que pudiera coger la botella. La soltó sobre la mesa, totalmente alejada de mí. Le fulminé con la mirada. Me estiré sobre la mesa intentando no darle a nada y por fin pude alcanzarla.
(Max) - ¿Dos copas? – Dijo al verme echarlas - ¿tan rápido quieres estar ebrio, Dalton? – él y su manía de llamar a los demás por su apellido, como si fuera despectivo.
- No son las dos para mi, Rhodes – dije imitándole.
(Max) – Ignoraba que pudiera haber alguien más – sonrió. Cómo le odiaba. – Tengo cosas mejores que hacer que hablar contigo – dijo cogiendo su copa y dándome la espalda, simplemente dándome la espalda. Puse los ojos en blanco, estúpido.
Volví con las dos copas a la biblioteca, pero Vanessa no estaba allí. Seguro que se había dado cuenta de que era de la clase baja y ahora intentaba esquivarme. Comencé a comerme la cabeza.
Finalmente di con ella, estaba mirando por el gran ventanal de cristal.
— Pensaba que habías huido, como la Cenicienta – dije tendiéndole la copa.
(Vanessa) – Entonces solo tendrías que haber buscado uno de mis zapatos – sonrió cariñosamente. Una extraña sensación me invadió, una especie de hormigueo. - ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Todas las que quieras – contesté.
(Vanessa) - ¿Eres el que te has caído en la tienda de música hoy? - sentí como me ponía cada vez más rojo por momentos. ¡Cómo no se iba a acordar de tal estupidez! Hice un gesto con la cabeza para darle la razón y comenzó a reírse.
- Lo se, soy un desastre.
(Vanessa) – No, no – dijo disculpándose y poco a poco fue calmando su risa – fue una caída muy… - se quedó pensativa – muy mona.
- ¿Una caída mona? ¿Eso existe? – pregunté divertido.
(Vanessa) - ¡Claro! Si quieres puedes volver a demostrarlo.
- Muy graciosa – nos reímos. Se hizo un silencio incómodo, como si nos hubiéramos quedado sin conversación. No se me ocurría nada en el momento de lo que hablar sin parecer molesto, así que inconscientemente le tendí la mano invitándola a bailar. Miró primero mi mano con curiosidad y luego la tomó. Tenía la mano fría, pero era suave y delicada.
(Vanessa) – Espero que no te caigas – bromeó.
- Te sorprenderán mis habilidades como bailarín – soltó una risa contagiosa mientras nos acercábamos al centro del salón para bailar.




