Dean Dalton (III)

Me acerqué remoloneando un poco y me puse a observar la gran cantidad de libros, justo al lado de ella. Estaba tan ensimismada, maravillada por aquella estantería que ni se inmutó.

- Veo que le gusta leer… - dije finalmente intentando que notara mi presencia.

(Vanessa) – Por supuesto – dijo sin ni siquiera dirigirme una mirada. Finalmente se dio cuenta de que hablaba con un desconocido y desconectó de sus pensamientos – quería decir, leer es maravilloso.

- Si, claro – dije, ni mentía ni dejaba de mentar, nunca me había parado a leer más allá de lo que tenía que hacer para la universidad. – por cierto, soy Dean – de cabeza al pozo.

(Vanessa) – Vanessa – dijo con una increible sonrisa en su rostro, como si le gustase pronunciar su nombre.

- Encantado – respondí e hice una leve reverencia de cortesía.

(Vanessa) – Ojala pudiera tener una biblioteca como esta – dijo algo apenada. Esto me iba aclarando algunas ideas, quizá no era de tan alta clase como pensaba, si no, ¿por qué no iba a tenerla?

- Seguro que una señorita como usted puede tener todo lo que desee – dije intentando así corroborar mis pensamientos.

(Vanessa) – Cla… claro – titubeó – es solo que aun tengo muchos libros que leer para poder tenerla – contestó más firmemente. Teoría tirada por los suelos. Seguro que era de clase alta, ¡si no, no llevaría ese vestido! Volvimos a prestar la atención a la estantería, que en realidad eran como cuatro o cinco juntas con unos seis estantes cada una, había cientos de libros allí.

- Seguro que Nicole no se los ha leido todos – dije, aunque más bien debería haber sido solo un pensamiento.

(Vanessa) - ¿Nicole? ¿La conoces? – preguntó asombrada, asentí.

- Es amiga mía – se mordió el labio. - ¿tú no? – pregunté extrañado.

(Vanessa) – En persona aún no – cambió de tema - ¿Vive en alguna mansión cerca de aquí? - ¿mansión, yo? Me entraron ganas de reírme a carcajadas, ahora pensaba que era de clase alta. Si ahora me delataba igual no querría hablar más conmigo.

- No tan cerca – mentí. Busqué rápido otro tema del que hablar - ¿quieres algo de beber? – sin darme cuenta había comenzado a tutearla, esperaba que no se diera cuenta o que al menos no le importara. Asintió con una preciosa sonrisa. Le hice un gesto para indicarle que volvería en un momento y busqué la mesa de bebidas más cercana.

Fui a alcanzar una botella pero fueron más rápido que yo.

(Max) – Velocidad, Dalton, velocidad es la clave – dijo con una risa torcida. Abrió la botella y comenzó a echarse una copa sin justamente eso, velocidad.

- Aplícate el cuento – contesté borde a la espera de que pudiera coger la botella. La soltó sobre la mesa, totalmente alejada de mí. Le fulminé con la mirada. Me estiré sobre la mesa intentando no darle a nada y por fin pude alcanzarla.

(Max) - ¿Dos copas? – Dijo al verme echarlas - ¿tan rápido quieres estar ebrio, Dalton? – él y su manía de llamar a los demás por su apellido, como si fuera despectivo.

- No son las dos para mi, Rhodes – dije imitándole.

(Max) – Ignoraba que pudiera haber alguien más – sonrió. Cómo le odiaba. – Tengo cosas mejores que hacer que hablar contigo – dijo cogiendo su copa y dándome la espalda, simplemente dándome la espalda. Puse los ojos en blanco, estúpido.

Volví con las dos copas a la biblioteca, pero Vanessa no estaba allí. Seguro que se había dado cuenta de que era de la clase baja y ahora intentaba esquivarme. Comencé a comerme la cabeza.

Finalmente di con ella, estaba mirando por el gran ventanal de cristal.

— Pensaba que habías huido, como la Cenicienta – dije tendiéndole la copa.

(Vanessa) – Entonces solo tendrías que haber buscado uno de mis zapatos – sonrió cariñosamente. Una extraña sensación me invadió, una especie de hormigueo. - ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Todas las que quieras – contesté.

(Vanessa) - ¿Eres el que te has caído en la tienda de música hoy? -  sentí como me ponía cada vez más rojo por momentos. ¡Cómo no se iba a acordar de tal estupidez! Hice un gesto con la cabeza para darle la razón y comenzó a reírse.

- Lo se, soy un desastre.

(Vanessa) – No, no – dijo disculpándose y poco a poco fue calmando su risa – fue una caída muy… - se quedó pensativa – muy mona.

- ¿Una caída mona? ¿Eso existe? – pregunté divertido.

(Vanessa) - ¡Claro! Si quieres puedes volver a demostrarlo.

- Muy graciosa – nos reímos. Se hizo un silencio incómodo, como si nos hubiéramos quedado sin conversación. No se me ocurría nada en el momento de lo que hablar sin parecer molesto, así que inconscientemente le tendí la mano invitándola a bailar. Miró primero mi mano con curiosidad y luego la tomó. Tenía la mano fría, pero era suave y delicada.

(Vanessa) – Espero que no te caigas – bromeó.

- Te sorprenderán mis habilidades como bailarín – soltó una risa contagiosa mientras nos acercábamos al centro del salón para bailar.


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Dean Dalton (II)

La noche llegó pronto. En cuanto terminé de trabajar en la carpintería, me dí una buena ducha y me puse el traje de chaqueta. La última vez que lo había utilizado había sido en la boda de Max y Alice, una boda a la que aún no entiendo por qué me invitaron.

Nuevamente la imagen de aquella chica pasó por mi cabeza, su rostro se había apoderado de ella.  

El coche se había estropeado unos días antes, muy oportuno, así que tendría que ir andando.

(Sra. Dalton) – Vas demasiado guapo, ¿vas con alguna chica? – dijo alzando las cejas. Negué - ¿seguro? – asentí.

(Ciara) - ¿Soguro? – preguntó aún sin saber pronunciar bien la palabra, me reí y volví a asentir con más energía.

Me despedí de ellos y salí. A pesar de que era de noche, aún el calor era sofocante y me estaba agobiando con el traje de mangas largas.

Ya cerca de la mansión, un coche se paró al lado mía. La ventanilla tintada se bajó y un rostro conocido asomó por ella.

(Jessica) – Supongo que irás a la fiesta – dijo con una amplia sonrisa, la puerta se abrió y me subí al coche. Otro chico iba dentro del coche, lo que me hizo sentir bastante incómodo. Íbamos los tres detrás sentados apretujados.

(Jessica) – Hacía mucho tiempo que no te veía – el chico le pasó el brazo por encima - ¡oh! Este es Joseph. – le estreché la otra mano.

- Dean, encantado – un silencio aún más incomodo se apoderó del ambiente – Y qué, ¿Cómo te va? – ambos se miraron y sonrieron.

(Jessica) – Pues, bastante bien – miró de reojo hacia su mano y pude ver un gran pedrusco en uno de sus finos y delicados dedos.

- Vaya, felicidades – dije con una media sonrisa, aunque me sentí ¿molesto? No sabría explicarlo. Hacía poco más de un año que Jessica y yo habíamos estado juntos, y hasta donde podía recordar, la quería muchísimo. No recordaba por qué había terminado todo, pero ahora se la veía radiante, más que nunca, así que rechacé la idea de estar molesto y me alegré por ella.

Me preguntó sobre la carpintería, sobre mi hermana, sobre si iba a seguir en la universidad. No tardamos en llegar a la mansión de Jared y Nicole. Joseph le ayudó a bajarse. Ella llevaba un vestido largo rojo y los labios a juego. Le dijo algo a él, y éste se adelantó.

(Jessica) - ¿Puedo? – dijo con intención de agarrarse de mi brazo. Lo puse en jarra y ella se agarró. – Siempre tan caballeroso – esbozó una sonrisa. - ¿alguna afortunada esta noche? – preguntó.

- No, bueno, no lo se – sacudí la cabeza – no, no – dije definitivamente lo que le hizo reír.

(Jessica) – Quería preguntarte si querrías bueno, - parecía nerviosa – asistir al enlace.

- Claro, ¿por qué no?

(Jessica) – No lo se, es raro – se mordió el labio.

- ¿Quién si no va a gritar eso de ‘vivan los novios’? – conseguí que se riera y que incluso pasara su nerviosismo.

(Jessica) – Gracias – llegamos a la puerta, donde había un encargado de los recibimientos, además de su prometido, esperándola – eres el mejor, ¿lo sabes?

- Por supuesto – dije seguro. Otra leve sonrisa en su rostro fue lo último que ví antes de que Joseph volviera a tomarla del brazo y entraran los dos juntos.

Tardé un poco en ambientarme, había demasiada gente. Podía notarse a leguas de que clase social eran cada uno de los asistentes, aunque todos estaban arreglados para la ocasión, se notaba como los vestidos de las chicas de la clase baja eran más sencillos y menos lujosos que los demás.

(Daniel) - ¿Qué haces que no estas comiendo? – me asustó Daniel por detrás echándome un brazo por el hombro.

- ¿Te puedes creer que no tengo hambre?

(Daniel) – No, claro que no me lo puedo creer – alargó el otro brazo y cogió un canapé de la mesa de al lado nuestra. Sin poder evitarlo me lo metió en la boca.

- ¿Qué haces? – dije con la boca llena.

(Daniel) – Si no estas comiendo, estás muy raro – acabé riéndome y casi atragantándome con el dichoso canapé. Cuando conseguí tragármelo intenté buscar con la mirada a aquella chica, no aparecía por ninguna parte.

(Daniel) - ¿A quién buscas? ¿La conozco?

- No lo creo, ni siquiera yo se quién es.

(Daniel) – Buen comienzo.

- Llevo días viéndola pasar cerca de la carpintería y hoy… - me arrepentí de haber empezado la frase.

(Daniel) – Hoy… ¿qué?

- He intentando hablar con ella y ha acabado con un tropiezo y conmigo en el suelo – Daniel me miró serio y de pronto estalló en carcajadas.

(Daniel) - ¡Ya entiendo lo de que eras un desastre! – Me dio una palmada en la espalda - ¡eres un desastre!

- Amigos para esto… - comenté deshaciéndome de su brazo, aún seguía apoyado en mí. Cuando quiso alejarme otra vez me agarró.

(Daniel) – Perdona – me dijo aún con la sonrisa en la cara.

- Si, si, ya – le pegué un pequeño codazo en el estómago y acabamos como siempre, peleando de broma.

(Alice) - ¡Eh! – una melena rubia nos paró – Se supone que estáis intentando integraros en la sociedad, dejad de parecer unos salvajes – dijo casi como si fuera nuestra dueña.

- Perdone usted, señora Rhodes – dije, obviamente sin sentirlo. Me fulminó con la mirada y ambos volvimos a reírnos. En ese momento la vi, fugaz.

- Ahora te veo – le dije antes de que se me pudiera escapar.

(Daniel) – Eso ¡ve a por tu amada, Romeo! – me gritó. Puse los ojos en blanco, ese era mi mejor amigo.

Atravesé casi el salón completo, pasando por entre la gente. La iba a perder, otra vez. Conseguí salir del barullo y allí la vi, frente a la gran estantería de libros de Nicole. Llevaba un recogido que dejaba escapar algunos mechones, esta vez rizados para la ocasión, y un vestido sencillo pero elegante de color granate. Lo preciosa que había visto antes a Jessica, no era nada comparado con lo que pensaba que era estaba ella.


Dean Dalton

Me caían grandes goterones de sudor mientras terminaba de lijar las patas de la silla. Era uno de esos calorosos días de verano donde trabar en una carpintería era toda una pesadilla.

(Sr. Dalton) – Te mereces un descanso, Dean – dijo mi padre intentando quitarme la lija de la mano. Me resistí.

- No hasta que no termine la silla. – lijé con aún más fuerza, solo quedaba darle los últimos retoques.

No tardé en dejar lista la preciosa silla. Me sequé el sudor con la camiseta, y me apoyé sobre el marco de la ventana para intentar respirar el poco aire que permitía correr el sofocante calor. Era media tarde, y por culpa del calor, las calles de Olympustime tenían menos vida que nunca, hasta dentro de un par de horas no volverían a pasear las parejas, a jugar los niños… Sin embargo una delicada figura captó mi atención, y no era la primera vez. Una chica muy delgada ataviada con un vestido azul océano completamente ceñido, una larga y lisa melena castaña suelta y recogida solo a un lado, y una media sonrisa en el rostro. No era la primera vez que la veía, casi todos los días iba a la tienda de música de enfrente. Por su ropa, parecía ser de la alta clase, aunque también pudiera ser media. Tampoco sabía su nombre, y todo eso me frustraba. Necesitaba conocerla.

Subí corriendo las escaleras que comunicaban la carpintería con mi casa y me cambié al menos la camiseta. Me pasé los dedos por el pelo intentando peinarme, aunque seguía igual de alborotado que siempre. Bajé de nuevo las escaleras a toda prisa, y crucé la calle. Estuve apunto de irrumpir en la tienda de música si no hubiera sido porque me acobardé en el último momento. Miré a través del cristal de la puerta, ella estaba de espaldas viendo algunos de los discos. Respiré hondo y entré. La campanita tintineó. Se giró suavemente para ver quien había entrado en la tienda y luego volvió a su música. Me llevé una mano a la nuca, estaba muy nervioso. Fui mirando por encima los discos, prácticamente sin echarles cuenta, hasta acercarme al estante donde estaba ella. Se movía lentamente hacia su izquierda, mientras leía los nombres en las cajas. Cogí una caja de colores vivos, la primera que me llamó la atención y me hice el interesado. Cuando levanté la cabeza para soltar lo primero que se me ocurriera sobre ella, se había movido ya y ahora estaba probando uno de los discos en el gramófono. Dejé la caja de nuevo en el estando y al girarme de nuevo me choqué con el dependiente de la tienda que se había acercado por si necesitaba ayuda. Con tal de caerme sobre él, pegué un traspié y  acabé en el suelo.

Desde el suelo vi como la chica esbozaba una pequeña sonrisa. El dependiente intentó ayudarme, le negué la mano y me levanté solo.

- Estoy bien, estoy bien – me coloqué bien la camiseta y salí de la tienda con la cabeza agachada, avergonzado por la escena. Solo a mí podía pasarme eso.

Al llegar a la carpintería cogí de nuevo la silla y comencé a lijarla.

(Sr. Dalton) - ¿Pero no estaba ya lista? – me preguntó, negué bruscamente. No importó lo que dijera, me quitó la lija de la mano – Está perfecta, coge otra madera si quieres – me dijo con aspereza. Gruñí y alcancé otro trozo de madera, aún sin forma, aún sin ser parte de nada.

(Sr. Dalton) – Por cierto, te esperan arriba. – puse los ojos en blanco, no era el mejor momento para recibir visitas. Dejé lo que estaba haciendo y subí. Emily estaba sentada sobre el sofá con un bebé en brazos, y Daniel sobre el reposabrazos, con el otro bebé.

- ¿Qué hacéis aquí? – pregunté quizá demasiado agresivo.

(Daniel) – Una visita a un amigo, pero al parecer no tiene muchas ganas de vernos.

- Lo siento, no es mi día – esbocé mi mejor sonrisa, intentando así también autoconvencerme de que me olvidara de lo sucedido. Me acerqué más a ellos para ver bien quien llevaba a quien en brazos. Daniel llevaba a la pequeña Nicole, y Emily al pequeño Dean.

- Que guapos son mis ahijados, se nota que han salido a su padrino.

(Emily) - ¿A su padrino solo? – me espetó.

- Bueno, y su madre, claro.

(Daniel) - ¡Ah, gracias Por considerar mi colaboración! – nos reímos los tres. – Y bueno, ¿qué te pasa para que lleves el día tan mal?

- Que soy un desastre – dije desplomándome sobre el sofá. – pero da igual, ¿por qué habéis venido?

(Emily) – Acabamos de estar con Nicole y nos dijo que te avisáramos – arqueé las cejas – esta noche da una gran fiesta, irá prácticamente toda la isla.

(Daniel) – ‘Alta, media y baja clase, nunca antes se había hecho’ – dijo imitando claramente a Jared. Mi cabeza comenzó a funcionar rápidamente, ¿estaría ella allí? Fuera de la clase que fuera, tenía que ir.

- ¿En su mansión?

(Daniel) – Y en los jardines, es imposible meter a casi toda la isla en una casa – meció un poco a la pequeña Nicole – ya le he dicho que está loca.

(Emily) - ¡Daniel! – le riñó.

(Daniel) - ¿Qué? Es verdad – cambió de tema - ¿te veremos allí? Habrá chicas guapas – Emily tosió y él sonrió – y comida, Dean, mucha comida – los tres estallamos en carcajadas.

- Allí estaré – dije con una sonrisa. Había perdido una oportunidad, pero aún tenía una segunda. En cuanto se fueron busqué el traje de chaqueta, para estar espléndido por la noche.


(Source: kseniadaugherty)

(Source: kseniadaugherty)